LA
CONCEPCIÓN DE UNA HEROÍNA:
ELIZABETH
BENNET Y JANE EYRE
El arte
novelesco de Charlotte Brontë y de Jane Austen no podría ser más diferente. Las
separan años y la sensibilidad literaria del voluptuoso siglo XIX. La misma
Charlotte Bronte criticaba duramente la poética del trabajo de Austen. En una
carta, el crítico G.H. Lewes le comentaba a Brontë su exceso en el uso de
elementos melodramáticos y le recomendaba la lectura de Pride & Prejudice. Charlotte rechazó tal invitación, alegando
que la autora era “more real than truth”. Para ella, en Austen no existían la
pasión y el éxtasis y la acusaba de un trazo superficial de los personajes, muy
por encima del detalle emocional: (57, Cátedra)
"What sees keenly, spears alply, moves flexibly, it
suits her to study, but what throbs fast and full, though hidden, what the
blood rushes through, what is the unseen seat of life and the sentient target
of death, this Miss Austen ignores." (57, Cátedra)
Se trata de una acusación injusta hacia el
trabajo de Austen. En sus novelas encontramos tanto amor, pasión, arrebato y
dolor como los podemos encontrar en las obras de las hermanas Brontë. A Jane
Austen podemos ubicarla mucho más en una sensibilidad neoclasicista, en donde
el decoro es sumamente primordial para la expresión. Y su miraba se centra en
el ritual, en las relaciones humanas, en lo que pasa dentro de las casas de sus
personajes. La intrahistoria, como la llamó Miguel de Unamuno, es lo que le
preocupa a Austen. “Escribía con la seguridad de dar un testimonio de la
sociedad que la rodeaba; como autor satírico, categoría a la que pertenecía con
total conciencia, según lo revelan sus cartas, aspiraba a ejercer la crítica de
las costumbres”(Pitol, 11). Y como autora satírica, es por medio de la ironía
con lo que logra percibir el mundo, sus paradojas y anomalías. Jamás llega a lo
grotesco, aunque a veces se aproxima, como con el retrato del reverendo Collins
en Pride & Prejudice o de Lady
Catherine. Es gracias a este artificio, fino, seductor y paródico, con una
prosa experimental y aventurera, que posee una especial percepción para la
novedad léxica, que Jane Austen pone en duda principios básicos de la conducta
humana.
Sobra decir que Charlotte Brontë
navega en otra sensibilidad. En su novela Jane
Eyre retrata la historia de una pasión arrolladora. Absolutamente
romántica, se encuentran presenten los elementos prometeicos, la exaltación del
yo, la rebeldía descarada, paisajes dramáticos, horizontes salvajes, deseo de
libertad, el instinto sexual y las pulsiones de muerte. Rodeada de una
construcción gótica, Brontë habla del deseo humano, de la presencia y de la
ausencia del amor.
Para
la época en que Charlotte vivió y tuvo sus voraces experiencias lectoras, Jane
Austen no estaba de moda. Su obra se encontraba fuera de impresión y sólo
algunos ejemplares podían ser adquiridos. La novela inglesa era dominada por
Walter Scott, Thackeray y Charles Dickens. Podemos atribuir a esa ausencia de
Austen en la actualidad literaria de ese entonces el juicio descalificador de
Brontë. Pero, ¿realmente sus propósitos literarios se encuentran tan alejados?
Azar
Nafisi, en su libro Leer Lolita en
Teherán, llama a Pride &
Prejudice un seductor baile del siglo XVIII. Y es que la seducción y la
pasión como tales sí existen en Austen. La diferencia estriba en que no se
trata de un erotismo basado en el sentido del tacto, como en parte lo podemos
encontrar en la tensa relación entre Jane Eyre y Edward Rochester en la novela
de Charlotte. En Austen, la seducción se lleva a cabo de otra manera. La tensión se encuentra en una
“erótica contextura de sonidos y silencios”(395). También de presencias y
ausencias. En Jane Eyre y en Pride and Prejudice se crea una tensión
gracias a una sensación de añoranza de personajes que se quieren pero que siempre
están enfrentados. Se vive un proceso de cristalización determinante, como lo
llamaría Stendhal. Lo observamos específicamente en el caso de Elizabeth Bennet
y de Darcy, que quisieran estar solos, pero en muchas ocasiones no pueden, se
extrañan y crean una fantasía romántica. La frustración lleva al deseo, al
igual que se construye ansiedad cuando el personaje se va y vuelve a aparecer
de repente, causando sorpresa. En Jane
Eyre, Rochester toca a la protagonista, la toma entre sus brazos, la llama
pequeña tirana y ella siente éxtasis cuando percibe su “varonil mano”. Viven un
coqueteo descarado, que en ocasiones cae en lo perverso. En Pride & Prejudice existe todo un
ritual del cortejo que se basa en las miradas, en los alejamientos, en el
sonrojo y en lo que se calla, lo cual no significa que no exista la pasión. Al
contrario, la insinuación es el instrumento ideal para decir mucho con poco. A
Austen y a sus personajes les bastan miradas para volverse poderosamente
seductoras.
Analizando
lo anterior en dos novelas que aparentemente se ubican en diferentes sensibilidades,
podemos encontrar un tronco de similitudes, sobre todo en la concepción de sus
heroínas, que serán, como ya dije, seductoras y tremendamente protagónicas. Y
debemos tener cuidado en la afirmación de decir que son iguales. Porque no lo
son; sin embargo, comparten características fundamentales de una construcción
arquetípica revolucionaria que se ha quedado introyectada en la literatura
universal. Las heroínas de Austen, a
primera vista, no son rebeldes totales, se encuentran alejadas del sentimiento
histérico de las heroínas bronteanas, que gritaban libertad e igualdad. Como
ejemplos de lo anterior tenemos a la misma Jane Eyre, a Lucy Snowe en su novela
Villete, o a las protagonistas de las
novelas de Anne Brontë, sobre todo en The
Tenant of Wildfell Hall. Los personajes escapan de la oscuridad y buscan
horizontes para ser libres. Austen aborda el tema de la libertad de diferente manera: lo parodia
y prefiere reírse de las situaciones. Ella puede hablar de adulterios, raptos o
seducciones sin retratar a los personajes como monstruos (Pitol, 16), lo cual
la pone a distancia del melodrama recalcitrante de Brontë.
Sin
embargo, Elizabeth Bennet y Jane Eyre, las dos mejores creaciones de Austen y
Charlotte, comparten más de lo que podríamos suponer.
Jane
Austen piensa que la libertad y la educación van de la mano y que la libertad
es el control de nuestras pasiones y de nuestros impulsos egoístas, al mismo
tiempo que clarifica nuestra versión de las cosas (22, Cátedra). Lo anterior es
una constante en la concepción de la heroína. Se trata de un personaje inserto
en una trama que domina, tensa y decide
cuándo se concluye. Se vuelve la fiel protagonista de su historia y no acepta
que nadie le imponga alguna circunstancia que vaya en contra de sus
sentimientos y de sus valores.
Hablemos
de Elizabeth Bennet. La heroína de Pride
& Prejudice no es sentimental (28). Austen impulsa el decoro y la
delicadeza, pero le irrita la debilidad, así como también los hipocondriacos.
Estará siempre en contra de los sentimientos y de su falta de moderación.
Cuando un personaje traspasa la prudencia, se delinea como chistoso. Un ejemplo
es en el pasaje cuando Lady Catherine va a reclamarle a Elizabeth sus intenciones
de casarse con Darcy. A pesar de que la discusión sube de tono, Elizabeth se
contiene, pero no cede. Siempre utiliza la retórica para controlarse, muy
diferente al exacerbado discurso de Catherine.
Austen
desea una heroína que consiga sus fines por sus propios medios y que logre
sostener sus sólidas convicciones. Elizabeth no se siente intimidada por la
posición de sus adversarios, como la misma Lady Catherine o Mrs. Bingley. Logra
ver la situación con perspectiva, la ironiza, juzga, a veces acierta, a veces
no, pero percibe los problemas como obstáculos que pueden superarse gracias a
la moderación y al intelecto.
Sergio
Pitol habla de la autonomía de pensamiento en la heroína. Esto será una
constante. Las protagonistas resultan más inteligentes que la sociedad que las
circunda, incluso, en el caso de Lizzy Bennet, más que sus padres. (21)
No
están libres de los lazos familiares, pero tienen la suficiente independencia
para resolver sus conflictos y, lo que es definitorio y más importante, poseen
la capacidad de elegir lo que quieren.
Entre
bailes, comidas, visitas a casas de campo, conversaciones ingeniosas, las
heroínas van ganando terreno para al fin ceder (en realidad forzar) a los
apremios del elegido pretendiente (Pitol, 19). Así, los hombres se convierten
en una pieza más del desarrollo protagónico de las heroínas: sólo existen en
cuanto las mujeres están presentes.
Lizzy
Bennet no accede a la propuesta matrimonial de Mr. Collins. Lo encuentra
patético. Y prefiere prolongar su soltería a unirse a un caballero que lo único
que le provoca es risa. Tampoco le importa enfrentarse a su hipocondriaca madre
y a la convención del matrimonio como un medio exclusivo para sobrevivir
materialmente bien. Lo anterior podría develarnos un guiño romántico en la
protagonista, pero no nos dejemos engañar tan fácilmente. Para el final de Pride & Prejudice, y toda vez que
Elizabeth y Darcy han arreglado sus malentendidos, siempre nos queda una
ligerísima sospecha de las verdaderas razones por las que Lizzy acepta casarse
con él. Está el agradecimiento, pero no olvidemos el tono de broma que el
personaje utiliza cuando su hermana Jane le pregunta que desde cuándo ama a
Darcy. Ella responde:
“Will you tell me how long have you loved him?”
“It has been coming on so gradually, that I hardly
know where it began. But I believe I must date it from my first seeing his
beautiful grounds at Pemberly.” (313)
Doy
un salto a Jane Eyre. Cuando Charlotte Brontë concibió la escritura de una
novela en la cual la protagonista sería una mujer, estaba firmemente convencida
de ir en contra de las convenciones. Alguna de esas noches en las que las
hermanas Brontë se reunían para discutir sus trabajos, Charlotte las puso al
tanto de su objetivo. Emprendería la tarea de crear un personaje principal que
no fuera bello físicamente, pero que resultaría mucho más interesante que
cualquier otra protagonista con belleza. Brontë lo logró. Jane Eyre es, a modo de una historia de Cenicienta, el largo viaje
de una simple muchacha huérfana, pero que se rehúsa a sucumbir a las dificultades
que la vida le ha impuesto y sale victoriosa gracias al conocimiento de sí
misma, a su intelecto y a que apela a la igualdad.
“Más
que fea, Jane se encuentra diferente, singular; pero un cuerpo no convencional
es también de un espíritu no convencional. La intención de Brontë era
establecer un nuevo modelo artístico, uno que representara a sus heroínas
basándose en su interioridad, no en su atractivo físico, sino por su forma de
ser.” (Cátedra, 40)
Jane
Eyre es una rebelde en el mundo victoriano.
Va en contra de la concepción calvinista. Cuando el libro fue publicado,
fue tachado de inmoral y anticristiano, lo cual es un ejemplo del dominio de la
heroína, ya que el personaje busca salir de la pobreza, de la crueldad y de la
opresión en la que vive. En The Quarterly
Review, una de las críticas expresa lo siguiente:
“Jane Eyre
es orgullosa, pero desagradecida también. Dios tuvo a bien en dejarla huérfana,
sin amigos y sin dinero, sin embargo, ella no da las gracias a nadie, y menos
que a nadie a Él, por la comida y la ropa, los amigos, compañera y maestros de
su desamparada juventud.” (64, Cátedra)
En
la trama, Jane Eyre crea un mundo para ella. Busca un trabajo, lo obtiene,
recibe una herencia y lo que menos necesita es la protección de Edward Rochester.
El
final de la novela es la culminación de la lucha: sólo hasta que Rochester se
encuentra manco, medio ciego y que se presenta como una persona dependiente de
alguien más, Jane accede a quedarse con él. Es el conflicto del control, de ver
quién domina a quién. Jane decide, a pesar de que no obtendrá otro beneficio
más que el amor de Rochester, ser su esposa.
Si
colocamos a Elizabeth Bennet y a Jane Eyre cara a cara, se descubre que
comparten varios rasgos. Pero son cuatro los más importantes: el reconocimiento
del hombre, el escape del convencionalismo de la sociedad, la capacidad de
elección y el movimiento.
Podemos
constatar que tanto Darcy como Rochester reconocen en las heroínas algo más
allá del aspecto físico. Elizabeth no es la más bella de las hermanas y Eyre,
como ya dije, está concebida como “plain”. Y ambas logran llamar la atención de
éstos hombres por su personalidad, su perspicacia, intelecto y forma de abordar
la vida. Los dos héroes terminan
rindiéndose a los pies de dos mujeres que no tienen miedo a confrontar sus
discursos y a contrariarlos y que no temen herir susceptibilidades para
expresar sus puntos de vista.
Elizabeth,
en algún momento de la novela, dice:
“There is a stubborness about me that never can bear
to be frightened at the will of others. My courage always rises with every
attempt to intimidate me.” (148)
Jane, a su estilo, mientras discute
con Rochester ,
dice:
“I´m not a bird; and not net ensnares me; I´m a free
human being with an independent will, which I now exert to leave you”. (323)
Si abordamos el tema del escape del convencionalismo de la
sociedad, que sin duda tiene particularidades románticas, no puede dejar de
tener un fundamento similar. Elizabeth y
Jane terminan casándose con quien ellas eligen, no por una imposición o porque
el matrimonio que tuvieran enfrente fuera la única opción. Escapan de la
presión social, de la inmensa posibilidad de la soledad y se las arreglan para
un final que las llene por completo.
Lizzy
Bennet logra su relación con Darcy ante los ojos estupefactos de la familia,
pues no entienden cómo puede casarse con semejante hombre antipático. Cuando
discute con Lady Catherine, deja su posición más que clara:
“I have
said no such thing. I´m only resolved to act in that manner, which will, in my
own opinion, constitute my happiness, without reference to you, or to any
person so wholly unconnected with me.” (300)
Jane Eyre rechaza la invitación de John Rivers y regresa a
Thornfield para quedarse con un hombre mayor que ella, que ha quedado arruinado
física y económicamente. Ella ha recibido una herencia y no lo necesita. Es
sólo la pasión y que él se encuentra en una posición pasiva lo que la lleva a
él. En una mirada un poco más perversa, Rochester ha sido castigado por sus
secretos, cesará en sus conquistas y quedará a merced total de Jane.
En
ambas el fenómeno de la inclinación y derrota del hombre es una constante.
“Cuando la cerviz del macho se mantiene permanentemente inclinada, la heroína
accede a casarse con él.”(Pitol, 25) Y
la razón más poderosa es que tanto Austen como Brontë apelaban al sentido de
que una mujer tiene que ser el centro de su historia, escoger lo que le venga
en gana y tomar a los hombres como ornamentos que únicamente ayudan a la
construcción de su éxito como individuos. Son sólo una parte de la totalidad de
sus vidas. De igual manera, con semejante hazaña, ejercen la capacidad de elegir para la
satisfacción de sus deseos más íntimos. El príncipe azul de estos personajes es
aquel hombre que logra ver todo lo que ellas tienen que ofrecer.
Por
otro lado, las heroínas rescatan a los hombres del destino que la sociedad les
ha impuesto (Wordsworth, 13). Darcy no cumple las expectativas de Lady Catherine
y Rochester recupera una romántica tranquilidad todo gracias a que las
protagonistas acceden a pasar el resto de su vida con ellos.
Tanto
a Elizabeth como a Jane Eyre el movimiento físico también les da independencia.
En sus historias, las dos heroínas nunca dejan de moverse. Jane llega sola a
Thornfield, se escapa y vuelve a regresar. Sale y camina por los páramos y
discute con John Rivers su falta de pasión. Elizabeth Bennet camina cinco
millas para ver a su hermana enferma. Ambas se mueven incesantemente, demostrando
su poderío y libertad para navegar en la vida con la defensa de la autonomía de
pensamiento siempre presente. Su
vivacidad, su ímpetu y rapidez de
pensamiento son sinónimos de virtud y, sobre todo, de salud.
Es importante agregar que, a
pesar de que las dos novelas pertenecen a sensibilidades diferentes, como ya
indiqué, el tema de la pasión está presente, pero también el de la mediación de
la misma. Las heroínas nunca se entregan por completo, al menos no en el
principio.
A
pesar de que para el final Jane Eyre explota el sentimiento pasional, a lo
largo de la novela sabe que un exceso no es conveniente. En casi toda la trama
es consciente de sus sentimientos hacia Rochester pero no deja que la
descontrolen:
“Very good, I thought, you may fume and fidget as you
please: but this is the best plan to pursue with you, I am certain. I like you
more than I can say; but
I ´ll not sink
into a bathos of sentiment: and with these needle of repartee I´ll keep you
from the edge of the gulf, too; and more over, maintain by its pungent aid that
distance between you and myself most conductive to our real mutual advantage.”(348)
Jane Austen lo hace, pero más enfocado en el
contraste. Los personajes que se dejan llevar por los arrebatos de pasión, como
Mrs. Bennet, Lydia o Lady Catherine son criticados. De igual manera, Lizzy
Bennet es consciente de ello cuando se refiere al temperamento de su hermana
Lydia:
“In the afternoon Lydia
was urgent with the rest of the girls to walk to Meryton and see how everybody
went on; but Elizabeth
steadily opposed the scheme. It should not be said that the Miss Bennets could
not be at home half a day before they were in pursuit of the officers.” (189)
Austen y Brontë son dos de las más grandes
escritoras en lengua inglesa y sus méritos literarios han traspasado las
fronteras, así como sus personajes lo hicieron en sus historias. Juntas formaron los cimientos para una
construcción novelística que aún hoy se presenta vital, fuerte e infinitamente
necesaria. Digo necesaria porque si bien su aportación al poder femenino en el
arte fue fundamental, su visión va más allá. Sus novelas exploran la energía
femenina pero terminan siendo tratados sobre la libertad y el amor, temas
infatigables en nuestra vida. Hombres y mujeres alrededor del mundo y a lo
largo de la historia se han visto conmovidos y maravillados por sus historias
una y otra vez. No importa que la distancia de los siglos nos separen de Pride & Prejudice o de Jane Eyre, Austen y Brontë escribieron
sobre personajes que tuvieron el valor y el coraje de ser ellas mismas ante
circunstancias difíciles. Se conocen, saben quiénes son y no dudan de ello,
aspecto del cual todos podemos aprender. Apelan a la inteligencia, al conocimiento, a
la congruencia y al peso de las acciones,
que al final de cuentas, son las que nos definen. Sin embargo, y aquí
cito a Jane Austen, no dejan de insistir en una verdad que ya es universalmente
conocida: que las mujeres no necesitan armas ni hombres para dominar un
universo, lo cual, creo yo, les da ventaja en cuanto a género, ya que ellas
pueden vivir sin nosotros pero nosotros no podemos vivir sin ellas.
En un mundo cada vez más
competitivo, difícil, en donde la cuestión de la identidad se ha vuelto un
producto, la lectura de estas novelas nos brinda esperanza e inspiración para ser lo que
realmente queremos. Sus historias recuerdan que la vida no es sencilla y que la
única manera de salir adelante y obtener, por un rato, la escurridiza
felicidad, es ser honestos con nosotros mismos, elijamos lo que elijamos o nos
guste lo que nos guste.
Ponencia leída en el Coloquio Interdisciplinario sobre Jane Austen en la mesa titulada "Jane Austen y la literatura del siglo XIX".


