lunes, 6 de enero de 2014

Jane Eyre y Elizabeth Bennet, la concepción de la heroína. (Ponencia leída en el Coloquio Interdisciplinario sobre Jane Austen en la FFyL)

LA CONCEPCIÓN DE UNA HEROÍNA:
ELIZABETH BENNET Y JANE EYRE





El arte novelesco de Charlotte Brontë y de Jane Austen no podría ser más diferente. Las separan años y la sensibilidad literaria del voluptuoso siglo XIX. La misma Charlotte Bronte criticaba duramente la poética del trabajo de Austen. En una carta, el crítico G.H. Lewes le comentaba a Brontë su exceso en el uso de elementos melodramáticos y le recomendaba la lectura de Pride & Prejudice. Charlotte rechazó tal invitación, alegando que la autora era “more real than truth”. Para ella, en Austen no existían la pasión y el éxtasis y la acusaba de un trazo superficial de los personajes, muy por encima del detalle emocional: (57, Cátedra)

"What sees keenly, spears alply, moves flexibly, it suits her to study, but what throbs fast and full, though hidden, what the blood rushes through, what is the unseen seat of life and the sentient target of death, this Miss Austen ignores.(57, Cátedra)

Se trata de una acusación injusta hacia el trabajo de Austen. En sus novelas encontramos tanto amor, pasión, arrebato y dolor como los podemos encontrar en las obras de las hermanas Brontë. A Jane Austen podemos ubicarla mucho más en una sensibilidad neoclasicista, en donde el decoro es sumamente primordial para la expresión. Y su miraba se centra en el ritual, en las relaciones humanas, en lo que pasa dentro de las casas de sus personajes. La intrahistoria, como la llamó Miguel de Unamuno, es lo que le preocupa a Austen. “Escribía con la seguridad de dar un testimonio de la sociedad que la rodeaba; como autor satírico, categoría a la que pertenecía con total conciencia, según lo revelan sus cartas, aspiraba a ejercer la crítica de las costumbres”(Pitol, 11). Y como autora satírica, es por medio de la ironía con lo que logra percibir el mundo, sus paradojas y anomalías. Jamás llega a lo grotesco, aunque a veces se aproxima, como con el retrato del reverendo Collins en Pride & Prejudice o de Lady Catherine. Es gracias a este artificio, fino, seductor y paródico, con una prosa experimental y aventurera, que posee una especial percepción para la novedad léxica, que Jane Austen pone en duda principios básicos de la conducta humana.
Sobra decir que Charlotte Brontë navega en otra sensibilidad. En su novela Jane Eyre retrata la historia de una pasión arrolladora. Absolutamente romántica, se encuentran presenten los elementos prometeicos, la exaltación del yo, la rebeldía descarada, paisajes dramáticos, horizontes salvajes, deseo de libertad, el instinto sexual y las pulsiones de muerte. Rodeada de una construcción gótica, Brontë habla del deseo humano, de la presencia y de la ausencia del amor.
            Para la época en que Charlotte vivió y tuvo sus voraces experiencias lectoras, Jane Austen no estaba de moda. Su obra se encontraba fuera de impresión y sólo algunos ejemplares podían ser adquiridos. La novela inglesa era dominada por Walter Scott, Thackeray y Charles Dickens. Podemos atribuir a esa ausencia de Austen en la actualidad literaria de ese entonces el juicio descalificador de Brontë. Pero, ¿realmente sus propósitos literarios se encuentran tan alejados?
            Azar Nafisi, en su libro Leer Lolita en Teherán, llama a Pride & Prejudice un seductor baile del siglo XVIII. Y es que la seducción y la pasión como tales sí existen en Austen. La diferencia estriba en que no se trata de un erotismo basado en el sentido del tacto, como en parte lo podemos encontrar en la tensa relación entre Jane Eyre y Edward Rochester en la novela de Charlotte. En Austen, la seducción se lleva a cabo  de otra manera. La tensión se encuentra en una “erótica contextura de sonidos y silencios”(395). También de presencias y ausencias. En Jane Eyre y en Pride and Prejudice se crea una tensión gracias a una sensación de añoranza de personajes que se quieren pero que siempre están enfrentados. Se vive un proceso de cristalización determinante, como lo llamaría Stendhal. Lo observamos específicamente en el caso de Elizabeth Bennet y de Darcy, que quisieran estar solos, pero en muchas ocasiones no pueden, se extrañan y crean una fantasía romántica. La frustración lleva al deseo, al igual que se construye ansiedad cuando el personaje se va y vuelve a aparecer de repente, causando sorpresa. En Jane Eyre, Rochester toca a la protagonista, la toma entre sus brazos, la llama pequeña tirana y ella siente éxtasis cuando percibe su “varonil mano”. Viven un coqueteo descarado, que en ocasiones cae en lo perverso. En Pride & Prejudice existe todo un ritual del cortejo que se basa en las miradas, en los alejamientos, en el sonrojo y en lo que se calla, lo cual no significa que no exista la pasión. Al contrario, la insinuación es el instrumento ideal para decir mucho con poco. A Austen y a sus personajes les bastan miradas para volverse poderosamente seductoras.  
            Analizando lo anterior en dos novelas que aparentemente se ubican en diferentes sensibilidades, podemos encontrar un tronco de similitudes, sobre todo en la concepción de sus heroínas, que serán, como ya dije, seductoras y tremendamente protagónicas. Y debemos tener cuidado en la afirmación de decir que son iguales. Porque no lo son; sin embargo, comparten características fundamentales de una construcción arquetípica revolucionaria que se ha quedado introyectada en la literatura universal.  Las heroínas de Austen, a primera vista, no son rebeldes totales,  se encuentran alejadas del sentimiento histérico de las heroínas bronteanas, que gritaban libertad e igualdad. Como ejemplos de lo anterior tenemos a la misma Jane Eyre, a Lucy Snowe en su novela Villete, o a las protagonistas de las novelas de Anne Brontë, sobre todo en The Tenant of Wildfell Hall. Los personajes escapan de la oscuridad y buscan horizontes para ser libres. Austen aborda el tema  de la libertad de diferente manera: lo parodia y prefiere reírse de las situaciones. Ella puede hablar de adulterios, raptos o seducciones sin retratar a los personajes como monstruos (Pitol, 16), lo cual la pone a distancia del melodrama recalcitrante de Brontë.
            Sin embargo, Elizabeth Bennet y Jane Eyre, las dos mejores creaciones de Austen y Charlotte, comparten más de lo que podríamos suponer.
            Jane Austen piensa que la libertad y la educación van de la mano y que la libertad es el control de nuestras pasiones y de nuestros impulsos egoístas, al mismo tiempo que clarifica nuestra versión de las cosas (22, Cátedra). Lo anterior es una constante en la concepción de la heroína. Se trata de un personaje inserto en una trama que domina,  tensa y decide cuándo se concluye. Se vuelve la fiel protagonista de su historia y no acepta que nadie le imponga alguna circunstancia que vaya en contra de sus sentimientos y de sus valores.
            Hablemos de Elizabeth Bennet. La heroína de Pride & Prejudice no es sentimental (28). Austen impulsa el decoro y la delicadeza, pero le irrita la debilidad, así como también los hipocondriacos. Estará siempre en contra de los sentimientos y de su falta de moderación. Cuando un personaje traspasa la prudencia, se delinea como chistoso. Un ejemplo es en el pasaje cuando Lady Catherine va a reclamarle a Elizabeth sus intenciones de casarse con Darcy. A pesar de que la discusión sube de tono, Elizabeth se contiene, pero no cede. Siempre utiliza la retórica para controlarse, muy diferente al exacerbado discurso de Catherine.
            Austen desea una heroína que consiga sus fines por sus propios medios y que logre sostener sus sólidas convicciones. Elizabeth no se siente intimidada por la posición de sus adversarios, como la misma Lady Catherine o Mrs. Bingley. Logra ver la situación con perspectiva, la ironiza, juzga, a veces acierta, a veces no, pero percibe los problemas como obstáculos que pueden superarse gracias a la moderación y al intelecto.
            Sergio Pitol habla de la autonomía de pensamiento en la heroína. Esto será una constante. Las protagonistas resultan más inteligentes que la sociedad que las circunda, incluso, en el caso de Lizzy Bennet, más que sus padres. (21)
            No están libres de los lazos familiares, pero tienen la suficiente independencia para resolver sus conflictos y, lo que es definitorio y más importante, poseen la capacidad de elegir lo que quieren.
            Entre bailes, comidas, visitas a casas de campo, conversaciones ingeniosas, las heroínas van ganando terreno para al fin ceder (en realidad forzar) a los apremios del elegido pretendiente (Pitol, 19). Así, los hombres se convierten en una pieza más del desarrollo protagónico de las heroínas: sólo existen en cuanto las mujeres están presentes.
            Lizzy Bennet no accede a la propuesta matrimonial de Mr. Collins. Lo encuentra patético. Y prefiere prolongar su soltería a unirse a un caballero que lo único que le provoca es risa. Tampoco le importa enfrentarse a su hipocondriaca madre y a la convención del matrimonio como un medio exclusivo para sobrevivir materialmente bien. Lo anterior podría develarnos un guiño romántico en la protagonista, pero no nos dejemos engañar tan fácilmente. Para el final de Pride & Prejudice, y toda vez que Elizabeth y Darcy han arreglado sus malentendidos, siempre nos queda una ligerísima sospecha de las verdaderas razones por las que Lizzy acepta casarse con él. Está el agradecimiento, pero no olvidemos el tono de broma que el personaje utiliza cuando su hermana Jane le pregunta que desde cuándo ama a Darcy. Ella responde:

“Will you tell me how long have you loved him?”
“It has been coming on so gradually, that I hardly know where it began. But I believe I must date it from my first seeing his beautiful grounds at Pemberly.” (313)

            Doy un salto a Jane Eyre. Cuando Charlotte Brontë concibió la escritura de una novela en la cual la protagonista sería una mujer, estaba firmemente convencida de ir en contra de las convenciones. Alguna de esas noches en las que las hermanas Brontë se reunían para discutir sus trabajos, Charlotte las puso al tanto de su objetivo. Emprendería la tarea de crear un personaje principal que no fuera bello físicamente, pero que resultaría mucho más interesante que cualquier otra protagonista con belleza. Brontë lo logró. Jane Eyre es, a modo de una historia de Cenicienta, el largo viaje de una simple muchacha huérfana, pero que se rehúsa a sucumbir a las dificultades que la vida le ha impuesto y sale victoriosa gracias al conocimiento de sí misma, a su intelecto y a que apela a la igualdad.
            “Más que fea, Jane se encuentra diferente, singular; pero un cuerpo no convencional es también de un espíritu no convencional. La intención de Brontë era establecer un nuevo modelo artístico, uno que representara a sus heroínas basándose en su interioridad, no en su atractivo físico, sino por su forma de ser.” (Cátedra, 40)
            Jane Eyre es una rebelde en el mundo victoriano. Va en contra de la concepción calvinista. Cuando el libro fue publicado, fue tachado de inmoral y anticristiano, lo cual es un ejemplo del dominio de la heroína, ya que el personaje busca salir de la pobreza, de la crueldad y de la opresión en la que vive. En The Quarterly Review, una de las críticas expresa lo siguiente:

            “Jane Eyre es orgullosa, pero desagradecida también. Dios tuvo a bien en dejarla huérfana, sin amigos y sin dinero, sin embargo, ella no da las gracias a nadie, y menos que a nadie a Él, por la comida y la ropa, los amigos, compañera y maestros de su desamparada juventud.” (64, Cátedra)

            En la trama, Jane Eyre crea un mundo para ella. Busca un trabajo, lo obtiene, recibe una herencia y lo que menos necesita es la protección de Edward Rochester.
            El final de la novela es la culminación de la lucha: sólo hasta que Rochester se encuentra manco, medio ciego y que se presenta como una persona dependiente de alguien más, Jane accede a quedarse con él. Es el conflicto del control, de ver quién domina a quién. Jane decide, a pesar de que no obtendrá otro beneficio más que el amor de Rochester, ser su esposa.
            Si colocamos a Elizabeth Bennet y a Jane Eyre cara a cara, se descubre que comparten varios rasgos. Pero son cuatro los más importantes: el reconocimiento del hombre, el escape del convencionalismo de la sociedad, la capacidad de elección y el movimiento.
            Podemos constatar que tanto Darcy como Rochester reconocen en las heroínas algo más allá del aspecto físico. Elizabeth no es la más bella de las hermanas y Eyre, como ya dije, está concebida como “plain”. Y ambas logran llamar la atención de éstos hombres por su personalidad, su perspicacia, intelecto y forma de abordar la vida.  Los dos héroes terminan rindiéndose a los pies de dos mujeres que no tienen miedo a confrontar sus discursos y a contrariarlos y que no temen herir susceptibilidades para expresar sus puntos de vista.
            Elizabeth, en algún momento de la novela, dice:

“There is a stubborness about me that never can bear to be frightened at the will of others. My courage always rises with every attempt to intimidate me.” (148)

            Jane, a su estilo, mientras discute con Rochester, dice:

“I´m not a bird; and not net ensnares me; I´m a free human being with an independent will, which I now exert to leave you”. (323)

            Si abordamos el tema del escape del convencionalismo de la sociedad, que sin duda tiene particularidades románticas, no puede dejar de tener un fundamento similar.  Elizabeth y Jane terminan casándose con quien ellas eligen, no por una imposición o porque el matrimonio que tuvieran enfrente fuera la única opción. Escapan de la presión social, de la inmensa posibilidad de la soledad y se las arreglan para un final que las llene por completo.
            Lizzy Bennet logra su relación con Darcy ante los ojos estupefactos de la familia, pues no entienden cómo puede casarse con semejante hombre antipático. Cuando discute con Lady Catherine, deja su posición más que clara:
“I have said no such thing. I´m only resolved to act in that manner, which will, in my own opinion, constitute my happiness, without reference to you, or to any person so wholly unconnected with me.” (300)
            Jane Eyre rechaza la invitación de John Rivers y regresa a Thornfield para quedarse con un hombre mayor que ella, que ha quedado arruinado física y económicamente. Ella ha recibido una herencia y no lo necesita. Es sólo la pasión y que él se encuentra en una posición pasiva lo que la lleva a él. En una mirada un poco más perversa, Rochester ha sido castigado por sus secretos, cesará en sus conquistas y quedará a merced total de Jane.
            En ambas el fenómeno de la inclinación y derrota del hombre es una constante. “Cuando la cerviz del macho se mantiene permanentemente inclinada, la heroína accede a casarse con él.”(Pitol, 25)  Y la razón más poderosa es que tanto Austen como Brontë apelaban al sentido de que una mujer tiene que ser el centro de su historia, escoger lo que le venga en gana y tomar a los hombres como ornamentos que únicamente ayudan a la construcción de su éxito como individuos. Son sólo una parte de la totalidad de sus vidas. De igual manera, con semejante hazaña,  ejercen la capacidad de elegir para la satisfacción de sus deseos más íntimos. El príncipe azul de estos personajes es aquel hombre que logra ver todo lo que ellas tienen que ofrecer.
            Por otro lado, las heroínas rescatan a los hombres del destino que la sociedad les ha impuesto (Wordsworth, 13). Darcy no cumple las expectativas de Lady Catherine y Rochester recupera una romántica tranquilidad todo gracias a que las protagonistas acceden a pasar el resto de su vida con ellos.
            Tanto a Elizabeth como a Jane Eyre el movimiento físico también les da independencia. En sus historias, las dos heroínas nunca dejan de moverse. Jane llega sola a Thornfield, se escapa y vuelve a regresar. Sale y camina por los páramos y discute con John Rivers su falta de pasión. Elizabeth Bennet camina cinco millas para ver a su hermana enferma. Ambas se mueven incesantemente, demostrando su poderío y libertad para navegar en la vida con la defensa de la autonomía de pensamiento siempre presente.  Su vivacidad, su ímpetu y  rapidez de pensamiento son sinónimos de virtud y, sobre todo, de salud.
Es importante agregar que, a pesar de que las dos novelas pertenecen a sensibilidades diferentes, como ya indiqué, el tema de la pasión está presente, pero también el de la mediación de la misma. Las heroínas nunca se entregan por completo, al menos no en el principio.
            A pesar de que para el final Jane Eyre explota el sentimiento pasional, a lo largo de la novela sabe que un exceso no es conveniente. En casi toda la trama es consciente de sus sentimientos hacia Rochester pero no deja que la descontrolen:

“Very good, I thought, you may fume and fidget as you please: but this is the best plan to pursue with you, I am certain. I like you more than I can say; but
 I ´ll not sink into a bathos of sentiment: and with these needle of repartee I´ll keep you from the edge of the gulf, too; and more over, maintain by its pungent aid that distance between you and myself most conductive to our real mutual advantage.”(348)
                                                                                              
Jane Austen lo hace, pero más enfocado en el contraste. Los personajes que se dejan llevar por los arrebatos de pasión, como Mrs. Bennet, Lydia o Lady Catherine son criticados. De igual manera, Lizzy Bennet es consciente de ello cuando se refiere al temperamento de su hermana Lydia:
           
“In the afternoon Lydia was urgent with the rest of the girls to walk to Meryton and see how everybody went on; but Elizabeth steadily opposed the scheme. It should not be said that the Miss Bennets could not be at home half a day before they were in pursuit of the officers.” (189)

Austen y Brontë son dos de las más grandes escritoras en lengua inglesa y sus méritos literarios han traspasado las fronteras, así como sus personajes lo hicieron en sus historias.  Juntas formaron los cimientos para una construcción novelística que aún hoy se presenta vital, fuerte e infinitamente necesaria. Digo necesaria porque si bien su aportación al poder femenino en el arte fue fundamental, su visión va más allá. Sus novelas exploran la energía femenina pero terminan siendo tratados sobre la libertad y el amor, temas infatigables en nuestra vida. Hombres y mujeres alrededor del mundo y a lo largo de la historia se han visto conmovidos y maravillados por sus historias una y otra vez. No importa que la distancia de los siglos nos separen de Pride & Prejudice o de Jane Eyre, Austen y Brontë escribieron sobre personajes que tuvieron el valor y el coraje de ser ellas mismas ante circunstancias difíciles. Se conocen, saben quiénes son y no dudan de ello, aspecto del cual todos podemos aprender.  Apelan a la inteligencia, al conocimiento, a la congruencia y al peso de las acciones,  que al final de cuentas, son las que nos definen. Sin embargo, y aquí cito a Jane Austen, no dejan de insistir en una verdad que ya es universalmente conocida: que las mujeres no necesitan armas ni hombres para dominar un universo, lo cual, creo yo, les da ventaja en cuanto a género, ya que ellas pueden vivir sin nosotros pero nosotros no podemos vivir sin ellas.  
En un mundo cada vez más competitivo, difícil, en donde la cuestión de la identidad se ha vuelto un producto, la lectura de estas novelas nos brinda  esperanza e inspiración para ser lo que realmente queremos. Sus historias recuerdan que la vida no es sencilla y que la única manera de salir adelante y obtener, por un rato, la escurridiza felicidad, es ser honestos con nosotros mismos, elijamos lo que elijamos o nos guste lo que nos guste. 




Ponencia leída en el Coloquio Interdisciplinario sobre Jane Austen en la mesa titulada "Jane Austen y la literatura del siglo XIX".
            

jueves, 21 de noviembre de 2013

KIKO (CATBOY)



KIKO (CATBOY)

Abraham Miguel


Cuando la Mirsa se murió, la familia quedó incompleta. Ya no éramos cuatro en la cama, el cuadrado se había roto. JC, la otra gatita,  caminaba alrededor de la casa buscando a su vieja hermana. Maullaba con fuerza, visitaba los rincones y esperaba en silencio la aparición de la que había sido su compañera por bastantes años. S. también hacía cosas en automático, como llamarla en voz alta. Le había dolido mucho y a pesar de que yo sólo viví dos años con el animal, su ausencia rompió algo dentro de mí.
            Nos preocupaba JC, se veía triste, sobre todo cuando se montaba en la cama y con un ligero maullido nos exigía explicaciones. Así lo veíamos nosotros.
            La llamada de una amiga cercana no podía haber caído en el mejor momento: nos ofrecía una gatita de meses que no podía conservar porque era alérgica a los felinos. Como sabía de nuestra reciente pérdida, no dudó en ofrecérnosla.
            El día que me la entregaron, S. no pudo acompañarme. Así que yo sólo tomé el coche y con mucha emoción fui a recoger a la que sería nuestra nueva mascota. Sin embargo, debo de reconocer la rapidez con la que S. tomó la decisión de adoptar otro minino. La Mirsa apenas tenía un mes de muerta, aunque por otro lado, también lo entendía, ese espacio no podía quedar vacío. Años después descubriría que sus acciones apresuradas no únicamente se limitaban a las mascotas, sino también a los maridos.
            La pequeña felina venía en una caja con un agujero por donde sacaba su naricita rosa tratando de salir. Era de color dorado, atigrada y con ojos verdes. La tomé en mis manos con muchísima precaución, como si fuera un merengue. Me daba miedo lastimarla. Eso no evitó que me clavara las garras, pero a los pocos minutos ya éramos amigos.
            Ya en casa, la gatita caminó por la alfombra. Todo lo miraba con asombro y timidez. Recuerdo que de repente maullaba y conforme exploró el lugar se veía con más confianza. Comenzó a correr y a andar por toda la casa como si la conociera de años atrás. JC permanecía encerrada en otra habitación. Yo era conciente de que le provocaría un infarto masivo con alguien nuevo invadiendo su territorio. Ese día traté de presentarlas, pero JC respondió con un manotazo en la frente de la gatita.
            S. llegó a la casa y quedó enamorado de nuestra nueva inquilina. Los primeros días nos despertó a las seis de la mañana. Iba de un lado al otro de la cama, inquieta, imparable, queriendo morderme los dedos del pie. Un día quisimos que JC estuviera con ella un rato. Katy, su nombre para ese entonces, la miraba con un rostro de travesura y se le lanzaba para jugar, pero la otra expresaba su odio con la mirada y sus histéricos rasguños.
            Pasó el tiempo y Katy creció a pasos agigantados. De repente la levantaba para jugar con ella y le veía los ojos. Parecía chamaco, lo juro. Además, las garras de sus patas eran demasiado largas.
            La llevamos al veterinario y al momento de que la gata salió de la canasta, el doctor se rió. Cuál gata, era un tremendo gatote. Confirmado. Katy era macho, niño. La decepción nos duró unos minutos, porque un gato significaba orina por todos lados y una relación turbulenta con JC. Y para no confundir más al minino, le dejamos un nombre parecido al anterior: Kiko.
            Total que nos aventuramos y si al principio JC no soportaba al pobre gatuno y le dio tremendas arrastradas por toda la casa, Kiko creció y creció y se volvió un gato con garbo de tigre que llegó a imponer su dominio en la casa con base en peleas ganadas. Al poco tiempo llegó Luna, una gata blanca de ojos azules, inquieta e igual de curiosa que el Kiko. Se hicieron inseparables. Jugaban día y noche y dormían abrazados. Hasta que pasados los meses la Luna entró en celo y Kiko medio jugando le mordió la cola arrancándole un pedazo. Los dos se fueron a operar. Regresaron medio borrachos a la casa y Kiko no nos dirigió la mirada por días.
            Cuando los alimentaba con atún, tenía que darle primero a él. Se ponía como loco tan sólo sacaba la lata de la alacena. Brincaba, maullaba, rogaba por una porción. A veces lo hacía sufrir: le decía que si no maullaba más fuerte no le daría nada. Ponía cara de desesperación. Me reía y ya luego le servía cual rey. Le acariciaba la cabeza y la parte del dorso. Erizaba la peluda cola, que meneaba al caminar cual modelo de Calvin Klein.
            Yo acostumbraba a levantarme a las seis de la mañana para darle de desayunar a S.. Kiko no se movía de la cama. Estaba enterrado en ella, boca arriba, esperando que en todo aquel barullo lo acariciaran. Luego yo regresaba a meterme a la cama y como a las once, apenas lograba abrir de nuevo los ojos. Y lo hacía porque una presencia me espiaba. Lo sentía. Era el Kiko, obligándome a que, por fin, me levantara. Lo engañaba: lo veía por un hoyito entre las sábanas y luego me escondía en ellas. Enseguida respingaba, maullaba reclamándome mi pereza.
            Era travieso, se subía a las mesas, abría las bolsas de basura, agarraba las chanclas cual perro, todo lo mordía, molestaba a JC y a Luna, escalaba la herrería de una de las ventanas, se limaba las uñas en las patas de las sillas del comedor y se cruzaba en la puerta con la panza para arriba, esperando a que se la rascáramos. Mirábamos televisión y él también la veía. Si era el Discovery Channel, juro por mi madre que se emocionaba con los programas de leones. Se paraba en dos patas y miraba hipnotizado la pantalla. Cuando dormíamos, sentía su peso sobre mi pie derecho. A veces me estorbaba y movía la pierna para que se hiciera a un lado. El talegón ni se inmutaba.
            Estoy seguro de que los tres escuchaban todo, las alegrías y peleas de S. y yo. También estoy seguro que fueron testigos de la distancia que al paso de los meses creció entre nosotros. A veces me dolían sus palabras y me ponía a jugar con Kiko. Él me hacía sentir mejor. A veces mi indiferencia y frialdad le dolían a S. y el Kiko estaba a su lado, mientras leía o me esperaba de mis estúpidas rutinas autoimpuestas.
            Habíamos decidido que no tendríamos hijos, que los mininos ocuparían ese lugar. Así que al Kiko le fui cambiando de nombre. A veces le llamaba “gordito”, “bultito” o “chamaco baquetón”. A veces, S. llegaba harto de trabajar y se ponía a aventarle pelotas de papel. Kiko corría por ellas y regresaba. Yo lo cargaba, me acercaba a la ventana y veíamos la vida pasar. Varias noches me quedé trabajando frente a la computadora hasta la madrugada. El Kiko permaneció junto a mí en una silla, con la cara de que no le preocupaba nada en el mundo. Terminé, despertó y juntos nos fuimos a acostar junto a JC, Luna y S.
            Aquel día de octubre en que S. me dijo que llevaba varios meses sin amarme igual, íbamos a una fiesta. Él se fue; yo me quedé solo en aquel departamento y me preparé para llevarme algunas cosas. Lo más básico, yo regresaría a la semana siguiente por el resto de mis triques. Mi hermano pasó por mí, y antes de bajar me despedí de los gatos. A JC y a Luna les acaricié las patas y a Kiko la panza. Los tres estaban tranquilos sobre la cama. Me miraban mientras metía los restos de mi vida en las mismas maletas que años atrás me habían ayudado a llegar. La visita, la aventura había terminado. Era el regreso a lo de antes, a ese frío periodo que pensé nunca volvería a ver. Ninguno de ellos podía acompañarme. Mis padres son alérgicos y la casa no es apta para albergar mascotas. Se quedaban ahí, con S., con la persona que se había olvidado de mí.
            Los miré por última vez y no derramé ninguna lágrima. Mi mente se encontraba en una laguna seca.
            A la semana que regresé a realizar mi mudanza definitiva, tenía una pequeña ilusión. Los volvería a ver. Pero en cuanto abrí la puerta, descubrí la verdad: S. ya había partido. Con la vida de ambos y con los gatos. En ese departamento el sol atravesaba las ventanas ya desnudas y descansaba sobre los pisos vacíos. Y a pesar de su luz, nunca he sentido tanto frío. Era un campo de concentración perfectamente arreglado para mí.
            A los pocos días soñé que todo era una broma de mal gusto. Llegaba a casa, la mesa estaba puesta iluminada por velas, S. me esperaba con los brazos abiertos y Kiko, Luna y JC corrían alrededor. S. me pedía perdón. Cuando nos reconciliábamos en un fuerte abrazo, desperté. Yo dormía en el sofá de la casa de mis padres.
            Muchas veces regañé a Kiko por travieso, por molestar a sus hermanas, por nunca estarse quieto. Creo que un día le di una nalgada. Pero lo quería mucho, porque esperaba mi llegada, estaba alerta a mi despedida, me necesitaba y yo a él. Me brindó su amistad, quizás con un poco de interés. Le daba de comer y le rascaba la panza. Gato finalmente.
            Meses antes de que todo lo anterior pasara, un día lloraba sobre la cama, ya no recuerdo por qué. Lo he hecho tanto que los momentos se me difuminan. Kiko entró a la habitación con cuidado, se me quedó viendo y se montó en mi panza. Pesaba. Pero me miraba intensamente, como diciendo: “todo estará bien”. Se acostó y ahí permaneció por un rato. Lo acaricié y poco a poco se fue quedando dormido. Le platiqué mi asunto hasta que su ronroneo me hizo darme cuenta de que le aburría. Y tenía razón: aburro, canso con preocupaciones muchas veces inútiles.  
            Lo extraño por eso. En donde quiera que esté, sé que es un gato que escucha, que pide comida, que juega, que hace reír y que se la pasa mejor que todos nosotros. Sus días transcurren en tomar el sol, en comer, en molestar a la hermana y en darle el avión al dueño loco. Quisiera ser como él: un tigre miniatura elegante, gallardo, que se defiende, pero que vive en la levedad. Que seduce, también.
            Lord Byron tuvo un perro al que amó muchísimo. Cuando se murió, en el cementerio levantó un mausoleo en honor a su mascota y como buen poeta le escribió un epitafio: “Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos”. Kiko no es perro, pero es y será el rey de cualquier casa, estoy seguro. Y aunque no se ha muerto, cumple con todo lo que dice Byron, aunque dudaría un poco con lo primero. El Kiko se sabe bello y de ahí el cabrón se agarra para hacer lo que se le pega la gana. Meloso e irreverente.

            Así es el Kiko, así son muchos gatos. Así quiero ser yo, pero no puedo.

domingo, 9 de junio de 2013

DESTRUCCIÓN

Destruiste la cama de los dos.
Con las almohadas testigo
de todo lo que se entregó.

Destruíste el hogar de los dos.
Desgarrando la tela de la confianza,
aquella que nos envolvía y nos daba calor.

Desbarataste el rompecabezas de los dos.
Tus piezas, mis piezas
quedaron regadas en el piso
del solitario balcón.

Fuerte, rápido, al ras.
Me dijiste que no.
Me dijiste adiós.

Destruiste el fuego de los dos.
Mis lágrimas cayeron en la hoguera
en la que fundíamos el calor.

Desgarraste el lienzo del amor.
En el que tanto dibujé
un futuro para los dos.

Fuerte, rápido, recio.
Me dijiste adiós.
No pude decirte perdón.

Desarmaste la fuerza de este corazón.
Mataste, heriste, robaste y violaste
la voz desinteresada que cantaba tu canción. 

FATIGASTE

FATIGASTE


Me fatigaste el corazón.
No quiero el aire.
No siento el calor.

Me fatigaste la razón.
Nada más cuadra.
Ya no existe Dios.

Fatigaste el mundo.
La esfera de esperanza
es piedra de carbón.

Fatigaste mi pasión.
Me ahogo en el cansancio
De mi derrotado corazón.


jueves, 18 de abril de 2013

Había poesía


HABÍA POESÍA


Había poesía cuando te hacía el sándwich,
le untaba la mantequilla y le ponía jamón.
Te lo llevaba a la cama y me lo recibías.
Me mirabas y sonreías.
Los dos seguíamos ahí.

Había poesía cuando roncabas.
Te abrías, respirabas en confianza,
conmigo al lado,
me sabías de ti y te sabía de mí.
Hablabas en las noches.
Yo me despertaba y te miraba.

Había poesía cuando te esperaba para comer.
Ponía el mantel, los cubiertos y calentaba el pan.
Ese, el que te gustaba.
Ponía el mundo en la radio para darle quietud
a nuestra derramada felicidad.

Había poesía cuando llorabas.
Mirabas con infancia, sin armas, sin años.
Tus lágrimas caían en mis manos y me las untaba
en los dedos que te acariciaban en las madrugadas
eternas del invierno.

Había poesía cuando llegabas.
Tronaba la chapa de la puerta y los gatos corrían.
Yo dejaba de cortar la carne con el cuchillo y sonreía,
A pesar de tu cansancio, de tus humores,
de tus engaños.

Había poesía cuando me acostaba contigo.
Ponía mi cabeza sobre tu pecho
y escuchaba la batería de la fuente de tu vida
recorrer tu cuerpo y mi oído.
Latías y te escuchaba.
Vivías y estabas conmigo.

Había poesía cuando me dormía en tu pulso
y navegaba en tu cansancio.

Había poesía cuando te ibas,
porque regresabas.