lunes, 6 de enero de 2014

Jane Eyre y Elizabeth Bennet, la concepción de la heroína. (Ponencia leída en el Coloquio Interdisciplinario sobre Jane Austen en la FFyL)

LA CONCEPCIÓN DE UNA HEROÍNA:
ELIZABETH BENNET Y JANE EYRE





El arte novelesco de Charlotte Brontë y de Jane Austen no podría ser más diferente. Las separan años y la sensibilidad literaria del voluptuoso siglo XIX. La misma Charlotte Bronte criticaba duramente la poética del trabajo de Austen. En una carta, el crítico G.H. Lewes le comentaba a Brontë su exceso en el uso de elementos melodramáticos y le recomendaba la lectura de Pride & Prejudice. Charlotte rechazó tal invitación, alegando que la autora era “more real than truth”. Para ella, en Austen no existían la pasión y el éxtasis y la acusaba de un trazo superficial de los personajes, muy por encima del detalle emocional: (57, Cátedra)

"What sees keenly, spears alply, moves flexibly, it suits her to study, but what throbs fast and full, though hidden, what the blood rushes through, what is the unseen seat of life and the sentient target of death, this Miss Austen ignores.(57, Cátedra)

Se trata de una acusación injusta hacia el trabajo de Austen. En sus novelas encontramos tanto amor, pasión, arrebato y dolor como los podemos encontrar en las obras de las hermanas Brontë. A Jane Austen podemos ubicarla mucho más en una sensibilidad neoclasicista, en donde el decoro es sumamente primordial para la expresión. Y su miraba se centra en el ritual, en las relaciones humanas, en lo que pasa dentro de las casas de sus personajes. La intrahistoria, como la llamó Miguel de Unamuno, es lo que le preocupa a Austen. “Escribía con la seguridad de dar un testimonio de la sociedad que la rodeaba; como autor satírico, categoría a la que pertenecía con total conciencia, según lo revelan sus cartas, aspiraba a ejercer la crítica de las costumbres”(Pitol, 11). Y como autora satírica, es por medio de la ironía con lo que logra percibir el mundo, sus paradojas y anomalías. Jamás llega a lo grotesco, aunque a veces se aproxima, como con el retrato del reverendo Collins en Pride & Prejudice o de Lady Catherine. Es gracias a este artificio, fino, seductor y paródico, con una prosa experimental y aventurera, que posee una especial percepción para la novedad léxica, que Jane Austen pone en duda principios básicos de la conducta humana.
Sobra decir que Charlotte Brontë navega en otra sensibilidad. En su novela Jane Eyre retrata la historia de una pasión arrolladora. Absolutamente romántica, se encuentran presenten los elementos prometeicos, la exaltación del yo, la rebeldía descarada, paisajes dramáticos, horizontes salvajes, deseo de libertad, el instinto sexual y las pulsiones de muerte. Rodeada de una construcción gótica, Brontë habla del deseo humano, de la presencia y de la ausencia del amor.
            Para la época en que Charlotte vivió y tuvo sus voraces experiencias lectoras, Jane Austen no estaba de moda. Su obra se encontraba fuera de impresión y sólo algunos ejemplares podían ser adquiridos. La novela inglesa era dominada por Walter Scott, Thackeray y Charles Dickens. Podemos atribuir a esa ausencia de Austen en la actualidad literaria de ese entonces el juicio descalificador de Brontë. Pero, ¿realmente sus propósitos literarios se encuentran tan alejados?
            Azar Nafisi, en su libro Leer Lolita en Teherán, llama a Pride & Prejudice un seductor baile del siglo XVIII. Y es que la seducción y la pasión como tales sí existen en Austen. La diferencia estriba en que no se trata de un erotismo basado en el sentido del tacto, como en parte lo podemos encontrar en la tensa relación entre Jane Eyre y Edward Rochester en la novela de Charlotte. En Austen, la seducción se lleva a cabo  de otra manera. La tensión se encuentra en una “erótica contextura de sonidos y silencios”(395). También de presencias y ausencias. En Jane Eyre y en Pride and Prejudice se crea una tensión gracias a una sensación de añoranza de personajes que se quieren pero que siempre están enfrentados. Se vive un proceso de cristalización determinante, como lo llamaría Stendhal. Lo observamos específicamente en el caso de Elizabeth Bennet y de Darcy, que quisieran estar solos, pero en muchas ocasiones no pueden, se extrañan y crean una fantasía romántica. La frustración lleva al deseo, al igual que se construye ansiedad cuando el personaje se va y vuelve a aparecer de repente, causando sorpresa. En Jane Eyre, Rochester toca a la protagonista, la toma entre sus brazos, la llama pequeña tirana y ella siente éxtasis cuando percibe su “varonil mano”. Viven un coqueteo descarado, que en ocasiones cae en lo perverso. En Pride & Prejudice existe todo un ritual del cortejo que se basa en las miradas, en los alejamientos, en el sonrojo y en lo que se calla, lo cual no significa que no exista la pasión. Al contrario, la insinuación es el instrumento ideal para decir mucho con poco. A Austen y a sus personajes les bastan miradas para volverse poderosamente seductoras.  
            Analizando lo anterior en dos novelas que aparentemente se ubican en diferentes sensibilidades, podemos encontrar un tronco de similitudes, sobre todo en la concepción de sus heroínas, que serán, como ya dije, seductoras y tremendamente protagónicas. Y debemos tener cuidado en la afirmación de decir que son iguales. Porque no lo son; sin embargo, comparten características fundamentales de una construcción arquetípica revolucionaria que se ha quedado introyectada en la literatura universal.  Las heroínas de Austen, a primera vista, no son rebeldes totales,  se encuentran alejadas del sentimiento histérico de las heroínas bronteanas, que gritaban libertad e igualdad. Como ejemplos de lo anterior tenemos a la misma Jane Eyre, a Lucy Snowe en su novela Villete, o a las protagonistas de las novelas de Anne Brontë, sobre todo en The Tenant of Wildfell Hall. Los personajes escapan de la oscuridad y buscan horizontes para ser libres. Austen aborda el tema  de la libertad de diferente manera: lo parodia y prefiere reírse de las situaciones. Ella puede hablar de adulterios, raptos o seducciones sin retratar a los personajes como monstruos (Pitol, 16), lo cual la pone a distancia del melodrama recalcitrante de Brontë.
            Sin embargo, Elizabeth Bennet y Jane Eyre, las dos mejores creaciones de Austen y Charlotte, comparten más de lo que podríamos suponer.
            Jane Austen piensa que la libertad y la educación van de la mano y que la libertad es el control de nuestras pasiones y de nuestros impulsos egoístas, al mismo tiempo que clarifica nuestra versión de las cosas (22, Cátedra). Lo anterior es una constante en la concepción de la heroína. Se trata de un personaje inserto en una trama que domina,  tensa y decide cuándo se concluye. Se vuelve la fiel protagonista de su historia y no acepta que nadie le imponga alguna circunstancia que vaya en contra de sus sentimientos y de sus valores.
            Hablemos de Elizabeth Bennet. La heroína de Pride & Prejudice no es sentimental (28). Austen impulsa el decoro y la delicadeza, pero le irrita la debilidad, así como también los hipocondriacos. Estará siempre en contra de los sentimientos y de su falta de moderación. Cuando un personaje traspasa la prudencia, se delinea como chistoso. Un ejemplo es en el pasaje cuando Lady Catherine va a reclamarle a Elizabeth sus intenciones de casarse con Darcy. A pesar de que la discusión sube de tono, Elizabeth se contiene, pero no cede. Siempre utiliza la retórica para controlarse, muy diferente al exacerbado discurso de Catherine.
            Austen desea una heroína que consiga sus fines por sus propios medios y que logre sostener sus sólidas convicciones. Elizabeth no se siente intimidada por la posición de sus adversarios, como la misma Lady Catherine o Mrs. Bingley. Logra ver la situación con perspectiva, la ironiza, juzga, a veces acierta, a veces no, pero percibe los problemas como obstáculos que pueden superarse gracias a la moderación y al intelecto.
            Sergio Pitol habla de la autonomía de pensamiento en la heroína. Esto será una constante. Las protagonistas resultan más inteligentes que la sociedad que las circunda, incluso, en el caso de Lizzy Bennet, más que sus padres. (21)
            No están libres de los lazos familiares, pero tienen la suficiente independencia para resolver sus conflictos y, lo que es definitorio y más importante, poseen la capacidad de elegir lo que quieren.
            Entre bailes, comidas, visitas a casas de campo, conversaciones ingeniosas, las heroínas van ganando terreno para al fin ceder (en realidad forzar) a los apremios del elegido pretendiente (Pitol, 19). Así, los hombres se convierten en una pieza más del desarrollo protagónico de las heroínas: sólo existen en cuanto las mujeres están presentes.
            Lizzy Bennet no accede a la propuesta matrimonial de Mr. Collins. Lo encuentra patético. Y prefiere prolongar su soltería a unirse a un caballero que lo único que le provoca es risa. Tampoco le importa enfrentarse a su hipocondriaca madre y a la convención del matrimonio como un medio exclusivo para sobrevivir materialmente bien. Lo anterior podría develarnos un guiño romántico en la protagonista, pero no nos dejemos engañar tan fácilmente. Para el final de Pride & Prejudice, y toda vez que Elizabeth y Darcy han arreglado sus malentendidos, siempre nos queda una ligerísima sospecha de las verdaderas razones por las que Lizzy acepta casarse con él. Está el agradecimiento, pero no olvidemos el tono de broma que el personaje utiliza cuando su hermana Jane le pregunta que desde cuándo ama a Darcy. Ella responde:

“Will you tell me how long have you loved him?”
“It has been coming on so gradually, that I hardly know where it began. But I believe I must date it from my first seeing his beautiful grounds at Pemberly.” (313)

            Doy un salto a Jane Eyre. Cuando Charlotte Brontë concibió la escritura de una novela en la cual la protagonista sería una mujer, estaba firmemente convencida de ir en contra de las convenciones. Alguna de esas noches en las que las hermanas Brontë se reunían para discutir sus trabajos, Charlotte las puso al tanto de su objetivo. Emprendería la tarea de crear un personaje principal que no fuera bello físicamente, pero que resultaría mucho más interesante que cualquier otra protagonista con belleza. Brontë lo logró. Jane Eyre es, a modo de una historia de Cenicienta, el largo viaje de una simple muchacha huérfana, pero que se rehúsa a sucumbir a las dificultades que la vida le ha impuesto y sale victoriosa gracias al conocimiento de sí misma, a su intelecto y a que apela a la igualdad.
            “Más que fea, Jane se encuentra diferente, singular; pero un cuerpo no convencional es también de un espíritu no convencional. La intención de Brontë era establecer un nuevo modelo artístico, uno que representara a sus heroínas basándose en su interioridad, no en su atractivo físico, sino por su forma de ser.” (Cátedra, 40)
            Jane Eyre es una rebelde en el mundo victoriano. Va en contra de la concepción calvinista. Cuando el libro fue publicado, fue tachado de inmoral y anticristiano, lo cual es un ejemplo del dominio de la heroína, ya que el personaje busca salir de la pobreza, de la crueldad y de la opresión en la que vive. En The Quarterly Review, una de las críticas expresa lo siguiente:

            “Jane Eyre es orgullosa, pero desagradecida también. Dios tuvo a bien en dejarla huérfana, sin amigos y sin dinero, sin embargo, ella no da las gracias a nadie, y menos que a nadie a Él, por la comida y la ropa, los amigos, compañera y maestros de su desamparada juventud.” (64, Cátedra)

            En la trama, Jane Eyre crea un mundo para ella. Busca un trabajo, lo obtiene, recibe una herencia y lo que menos necesita es la protección de Edward Rochester.
            El final de la novela es la culminación de la lucha: sólo hasta que Rochester se encuentra manco, medio ciego y que se presenta como una persona dependiente de alguien más, Jane accede a quedarse con él. Es el conflicto del control, de ver quién domina a quién. Jane decide, a pesar de que no obtendrá otro beneficio más que el amor de Rochester, ser su esposa.
            Si colocamos a Elizabeth Bennet y a Jane Eyre cara a cara, se descubre que comparten varios rasgos. Pero son cuatro los más importantes: el reconocimiento del hombre, el escape del convencionalismo de la sociedad, la capacidad de elección y el movimiento.
            Podemos constatar que tanto Darcy como Rochester reconocen en las heroínas algo más allá del aspecto físico. Elizabeth no es la más bella de las hermanas y Eyre, como ya dije, está concebida como “plain”. Y ambas logran llamar la atención de éstos hombres por su personalidad, su perspicacia, intelecto y forma de abordar la vida.  Los dos héroes terminan rindiéndose a los pies de dos mujeres que no tienen miedo a confrontar sus discursos y a contrariarlos y que no temen herir susceptibilidades para expresar sus puntos de vista.
            Elizabeth, en algún momento de la novela, dice:

“There is a stubborness about me that never can bear to be frightened at the will of others. My courage always rises with every attempt to intimidate me.” (148)

            Jane, a su estilo, mientras discute con Rochester, dice:

“I´m not a bird; and not net ensnares me; I´m a free human being with an independent will, which I now exert to leave you”. (323)

            Si abordamos el tema del escape del convencionalismo de la sociedad, que sin duda tiene particularidades románticas, no puede dejar de tener un fundamento similar.  Elizabeth y Jane terminan casándose con quien ellas eligen, no por una imposición o porque el matrimonio que tuvieran enfrente fuera la única opción. Escapan de la presión social, de la inmensa posibilidad de la soledad y se las arreglan para un final que las llene por completo.
            Lizzy Bennet logra su relación con Darcy ante los ojos estupefactos de la familia, pues no entienden cómo puede casarse con semejante hombre antipático. Cuando discute con Lady Catherine, deja su posición más que clara:
“I have said no such thing. I´m only resolved to act in that manner, which will, in my own opinion, constitute my happiness, without reference to you, or to any person so wholly unconnected with me.” (300)
            Jane Eyre rechaza la invitación de John Rivers y regresa a Thornfield para quedarse con un hombre mayor que ella, que ha quedado arruinado física y económicamente. Ella ha recibido una herencia y no lo necesita. Es sólo la pasión y que él se encuentra en una posición pasiva lo que la lleva a él. En una mirada un poco más perversa, Rochester ha sido castigado por sus secretos, cesará en sus conquistas y quedará a merced total de Jane.
            En ambas el fenómeno de la inclinación y derrota del hombre es una constante. “Cuando la cerviz del macho se mantiene permanentemente inclinada, la heroína accede a casarse con él.”(Pitol, 25)  Y la razón más poderosa es que tanto Austen como Brontë apelaban al sentido de que una mujer tiene que ser el centro de su historia, escoger lo que le venga en gana y tomar a los hombres como ornamentos que únicamente ayudan a la construcción de su éxito como individuos. Son sólo una parte de la totalidad de sus vidas. De igual manera, con semejante hazaña,  ejercen la capacidad de elegir para la satisfacción de sus deseos más íntimos. El príncipe azul de estos personajes es aquel hombre que logra ver todo lo que ellas tienen que ofrecer.
            Por otro lado, las heroínas rescatan a los hombres del destino que la sociedad les ha impuesto (Wordsworth, 13). Darcy no cumple las expectativas de Lady Catherine y Rochester recupera una romántica tranquilidad todo gracias a que las protagonistas acceden a pasar el resto de su vida con ellos.
            Tanto a Elizabeth como a Jane Eyre el movimiento físico también les da independencia. En sus historias, las dos heroínas nunca dejan de moverse. Jane llega sola a Thornfield, se escapa y vuelve a regresar. Sale y camina por los páramos y discute con John Rivers su falta de pasión. Elizabeth Bennet camina cinco millas para ver a su hermana enferma. Ambas se mueven incesantemente, demostrando su poderío y libertad para navegar en la vida con la defensa de la autonomía de pensamiento siempre presente.  Su vivacidad, su ímpetu y  rapidez de pensamiento son sinónimos de virtud y, sobre todo, de salud.
Es importante agregar que, a pesar de que las dos novelas pertenecen a sensibilidades diferentes, como ya indiqué, el tema de la pasión está presente, pero también el de la mediación de la misma. Las heroínas nunca se entregan por completo, al menos no en el principio.
            A pesar de que para el final Jane Eyre explota el sentimiento pasional, a lo largo de la novela sabe que un exceso no es conveniente. En casi toda la trama es consciente de sus sentimientos hacia Rochester pero no deja que la descontrolen:

“Very good, I thought, you may fume and fidget as you please: but this is the best plan to pursue with you, I am certain. I like you more than I can say; but
 I ´ll not sink into a bathos of sentiment: and with these needle of repartee I´ll keep you from the edge of the gulf, too; and more over, maintain by its pungent aid that distance between you and myself most conductive to our real mutual advantage.”(348)
                                                                                              
Jane Austen lo hace, pero más enfocado en el contraste. Los personajes que se dejan llevar por los arrebatos de pasión, como Mrs. Bennet, Lydia o Lady Catherine son criticados. De igual manera, Lizzy Bennet es consciente de ello cuando se refiere al temperamento de su hermana Lydia:
           
“In the afternoon Lydia was urgent with the rest of the girls to walk to Meryton and see how everybody went on; but Elizabeth steadily opposed the scheme. It should not be said that the Miss Bennets could not be at home half a day before they were in pursuit of the officers.” (189)

Austen y Brontë son dos de las más grandes escritoras en lengua inglesa y sus méritos literarios han traspasado las fronteras, así como sus personajes lo hicieron en sus historias.  Juntas formaron los cimientos para una construcción novelística que aún hoy se presenta vital, fuerte e infinitamente necesaria. Digo necesaria porque si bien su aportación al poder femenino en el arte fue fundamental, su visión va más allá. Sus novelas exploran la energía femenina pero terminan siendo tratados sobre la libertad y el amor, temas infatigables en nuestra vida. Hombres y mujeres alrededor del mundo y a lo largo de la historia se han visto conmovidos y maravillados por sus historias una y otra vez. No importa que la distancia de los siglos nos separen de Pride & Prejudice o de Jane Eyre, Austen y Brontë escribieron sobre personajes que tuvieron el valor y el coraje de ser ellas mismas ante circunstancias difíciles. Se conocen, saben quiénes son y no dudan de ello, aspecto del cual todos podemos aprender.  Apelan a la inteligencia, al conocimiento, a la congruencia y al peso de las acciones,  que al final de cuentas, son las que nos definen. Sin embargo, y aquí cito a Jane Austen, no dejan de insistir en una verdad que ya es universalmente conocida: que las mujeres no necesitan armas ni hombres para dominar un universo, lo cual, creo yo, les da ventaja en cuanto a género, ya que ellas pueden vivir sin nosotros pero nosotros no podemos vivir sin ellas.  
En un mundo cada vez más competitivo, difícil, en donde la cuestión de la identidad se ha vuelto un producto, la lectura de estas novelas nos brinda  esperanza e inspiración para ser lo que realmente queremos. Sus historias recuerdan que la vida no es sencilla y que la única manera de salir adelante y obtener, por un rato, la escurridiza felicidad, es ser honestos con nosotros mismos, elijamos lo que elijamos o nos guste lo que nos guste. 




Ponencia leída en el Coloquio Interdisciplinario sobre Jane Austen en la mesa titulada "Jane Austen y la literatura del siglo XIX".
            

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