Los demonios de la depresión
Cuando uno tiene la oportunidad de conocer a
Anamari Gomís, dos cosas se nos hacen claramente evidentes: su gran belleza
física y una personalidad impregnada de genialidad literaria y didáctica. Dueña
de un sentido del humor extraordinario, que invade sus cátedras y su escritura,
se nos haría imposible llegar siquiera a pensar que sufre de un trastorno
depresivo crónico. Mucho menos de uno tan maldito e insistente como el que
claramente explica en su libro.
Los demonios de la depresión, a la manera de un ensayo muy personal, se
enfoca en varios aspectos de la enfermedad. Tenemos la investigación
profundísima que la autoria realizó no únicamente en el aspecto científico,
sino también en el literario. Nos da una ligera muestra de cómo la depresión,
la ansiedad y el temperamento melancólico invaden la vida de cualquiera, sin
discriminar edad o sexo. Encontramos guiños a autores como Virginia Woolf,
Emily Dickinson, Cervantes o T. S. Eliot, los cuales trabajaron la depresión en
su vida o en sus textos.
En una parte sumamente reveladora,
Anamari le dice al lector que mientras escribe esas líneas, está “obligada
y con cierta apatía, lo cual es un signo depresivo”, dejándonos claro que
la enfermedad va y viene y que es una batalla que enfrenta todos los días. No
es un libro que pretenda satisfacer inquietudes teórico – científicas, es más
bien una narración apegada a la autobiografía y a la reseña personal. Algunos
capítulos están dedicados a darnos un panorama general de lo que es el
padecimiento, sus orígenes, variantes y las diferentes concepciones que ha
tenido a lo largo del tiempo. No obstante, es en los capítulos en los cuales Gomís
habla de su vida y de su admirable lucha contra estos “demonios”, donde el
libro se vuelve un testimonio contundentemente rico, reflexivo y brutal.
Al leer los terribles sucesos que la
autora tuvo en Nueva York mientras era alumna del posgrado en Literatura Comparada
o cuando aquí en México, mientras escribía un libro, se vio arrasada por la
enfermedad, aquellos que hemos sufrido este padecimiento no podemos más que
sentir una profunda empatía y admiración. Con gran valor nos abre las puertas
de su vida y nos cuenta escenas memorables y difíciles en las que muchos se
verán identificados. Estoy seguro.
La autora pide perdón por la
reiteración de sucesos y referencias a su vida, síntoma depresivo, supondría
ella, pero es en este aspecto donde el libro se convierte en una escritura
afilada y deliciosa: nos platica la forma en que ella sublima la enfermedad, de
sus maravillosos perros, de sus libros y de su pasión por la literatura, que
sin duda son elementos que la han ayudado a salir a flote, incluso con el
trastorno sentado en la esquina de su cama.
La gente que nunca ha pasado por
algo semejante observa a los depresivos como seres raros, como de otro planeta.
Esos que juzgan no saben que la realidad es tan extraña, tan insustancial, que
sólo aquellos negados de sensibilidad fina pueden decir que son estúpidamente
felices todo el tiempo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando la vida misma se nos
presenta como algo aterrador o cuando no le encontramos sentido a nada? Anamari
Gomís nos brinda un testimonio valientemente construido con un tono narrativo agridulce,
igual que la existencia misma. Nunca predica nada, sólo nos invita a
concientizar sobre una cruel enfermedad que millones de personas en el mundo
comparten.