sábado, 5 de mayo de 2012

Los demonios de la depresión



Los demonios de la depresión






Cuando uno tiene la oportunidad de conocer a Anamari Gomís, dos cosas se nos hacen claramente evidentes: su gran belleza física y una personalidad impregnada de genialidad literaria y didáctica. Dueña de un sentido del humor extraordinario, que invade sus cátedras y su escritura, se nos haría imposible llegar siquiera a pensar que sufre de un trastorno depresivo crónico. Mucho menos de uno tan maldito e insistente como el que claramente explica en su libro.
Los demonios de la depresión, a la manera de un ensayo muy personal, se enfoca en varios aspectos de la enfermedad. Tenemos la investigación profundísima que la autoria realizó no únicamente en el aspecto científico, sino también en el literario. Nos da una ligera muestra de cómo la depresión, la ansiedad y el temperamento melancólico invaden la vida de cualquiera, sin discriminar edad o sexo. Encontramos guiños a autores como Virginia Woolf, Emily Dickinson, Cervantes o T. S. Eliot, los cuales trabajaron la depresión en su vida o en sus textos.
En una parte sumamente reveladora, Anamari le dice al lector que mientras escribe esas líneas,  está “obligada y con cierta apatía, lo cual es un signo depresivo”, dejándonos claro que la enfermedad va y viene y que es una batalla que enfrenta todos los días. No es un libro que pretenda satisfacer inquietudes teórico – científicas, es más bien una narración apegada a la autobiografía y a la reseña personal. Algunos capítulos están dedicados a darnos un panorama general de lo que es el padecimiento, sus orígenes, variantes y las diferentes concepciones que ha tenido a lo largo del tiempo. No obstante, es en los capítulos en los cuales Gomís habla de su vida y de su admirable lucha contra estos “demonios”, donde el libro se vuelve un testimonio contundentemente rico, reflexivo y brutal.
Al leer los terribles sucesos que la autora tuvo en Nueva York mientras era alumna del posgrado en Literatura Comparada o cuando aquí en México, mientras escribía un libro, se vio arrasada por la enfermedad, aquellos que hemos sufrido este padecimiento no podemos más que sentir una profunda empatía y admiración. Con gran valor nos abre las puertas de su vida y nos cuenta escenas memorables y difíciles en las que muchos se verán identificados. Estoy seguro.
La autora pide perdón por la reiteración de sucesos y referencias a su vida, síntoma depresivo, supondría ella, pero es en este aspecto donde el libro se convierte en una escritura afilada y deliciosa: nos platica la forma en que ella sublima la enfermedad, de sus maravillosos perros, de sus libros y de su pasión por la literatura, que sin duda son elementos que la han ayudado a salir a flote, incluso con el trastorno sentado en la esquina de su cama.
La gente que nunca ha pasado por algo semejante observa a los depresivos como seres raros, como de otro planeta. Esos que juzgan no saben que la realidad es tan extraña, tan insustancial, que sólo aquellos negados de sensibilidad fina pueden decir que son estúpidamente felices todo el tiempo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando la vida misma se nos presenta como algo aterrador o cuando no le encontramos sentido a nada? Anamari Gomís nos brinda un testimonio valientemente construido con un tono narrativo agridulce, igual que la existencia misma. Nunca predica nada, sólo nos invita a concientizar sobre una cruel enfermedad que millones de personas en el mundo comparten.




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