jueves, 21 de noviembre de 2013

KIKO (CATBOY)



KIKO (CATBOY)

Abraham Miguel


Cuando la Mirsa se murió, la familia quedó incompleta. Ya no éramos cuatro en la cama, el cuadrado se había roto. JC, la otra gatita,  caminaba alrededor de la casa buscando a su vieja hermana. Maullaba con fuerza, visitaba los rincones y esperaba en silencio la aparición de la que había sido su compañera por bastantes años. S. también hacía cosas en automático, como llamarla en voz alta. Le había dolido mucho y a pesar de que yo sólo viví dos años con el animal, su ausencia rompió algo dentro de mí.
            Nos preocupaba JC, se veía triste, sobre todo cuando se montaba en la cama y con un ligero maullido nos exigía explicaciones. Así lo veíamos nosotros.
            La llamada de una amiga cercana no podía haber caído en el mejor momento: nos ofrecía una gatita de meses que no podía conservar porque era alérgica a los felinos. Como sabía de nuestra reciente pérdida, no dudó en ofrecérnosla.
            El día que me la entregaron, S. no pudo acompañarme. Así que yo sólo tomé el coche y con mucha emoción fui a recoger a la que sería nuestra nueva mascota. Sin embargo, debo de reconocer la rapidez con la que S. tomó la decisión de adoptar otro minino. La Mirsa apenas tenía un mes de muerta, aunque por otro lado, también lo entendía, ese espacio no podía quedar vacío. Años después descubriría que sus acciones apresuradas no únicamente se limitaban a las mascotas, sino también a los maridos.
            La pequeña felina venía en una caja con un agujero por donde sacaba su naricita rosa tratando de salir. Era de color dorado, atigrada y con ojos verdes. La tomé en mis manos con muchísima precaución, como si fuera un merengue. Me daba miedo lastimarla. Eso no evitó que me clavara las garras, pero a los pocos minutos ya éramos amigos.
            Ya en casa, la gatita caminó por la alfombra. Todo lo miraba con asombro y timidez. Recuerdo que de repente maullaba y conforme exploró el lugar se veía con más confianza. Comenzó a correr y a andar por toda la casa como si la conociera de años atrás. JC permanecía encerrada en otra habitación. Yo era conciente de que le provocaría un infarto masivo con alguien nuevo invadiendo su territorio. Ese día traté de presentarlas, pero JC respondió con un manotazo en la frente de la gatita.
            S. llegó a la casa y quedó enamorado de nuestra nueva inquilina. Los primeros días nos despertó a las seis de la mañana. Iba de un lado al otro de la cama, inquieta, imparable, queriendo morderme los dedos del pie. Un día quisimos que JC estuviera con ella un rato. Katy, su nombre para ese entonces, la miraba con un rostro de travesura y se le lanzaba para jugar, pero la otra expresaba su odio con la mirada y sus histéricos rasguños.
            Pasó el tiempo y Katy creció a pasos agigantados. De repente la levantaba para jugar con ella y le veía los ojos. Parecía chamaco, lo juro. Además, las garras de sus patas eran demasiado largas.
            La llevamos al veterinario y al momento de que la gata salió de la canasta, el doctor se rió. Cuál gata, era un tremendo gatote. Confirmado. Katy era macho, niño. La decepción nos duró unos minutos, porque un gato significaba orina por todos lados y una relación turbulenta con JC. Y para no confundir más al minino, le dejamos un nombre parecido al anterior: Kiko.
            Total que nos aventuramos y si al principio JC no soportaba al pobre gatuno y le dio tremendas arrastradas por toda la casa, Kiko creció y creció y se volvió un gato con garbo de tigre que llegó a imponer su dominio en la casa con base en peleas ganadas. Al poco tiempo llegó Luna, una gata blanca de ojos azules, inquieta e igual de curiosa que el Kiko. Se hicieron inseparables. Jugaban día y noche y dormían abrazados. Hasta que pasados los meses la Luna entró en celo y Kiko medio jugando le mordió la cola arrancándole un pedazo. Los dos se fueron a operar. Regresaron medio borrachos a la casa y Kiko no nos dirigió la mirada por días.
            Cuando los alimentaba con atún, tenía que darle primero a él. Se ponía como loco tan sólo sacaba la lata de la alacena. Brincaba, maullaba, rogaba por una porción. A veces lo hacía sufrir: le decía que si no maullaba más fuerte no le daría nada. Ponía cara de desesperación. Me reía y ya luego le servía cual rey. Le acariciaba la cabeza y la parte del dorso. Erizaba la peluda cola, que meneaba al caminar cual modelo de Calvin Klein.
            Yo acostumbraba a levantarme a las seis de la mañana para darle de desayunar a S.. Kiko no se movía de la cama. Estaba enterrado en ella, boca arriba, esperando que en todo aquel barullo lo acariciaran. Luego yo regresaba a meterme a la cama y como a las once, apenas lograba abrir de nuevo los ojos. Y lo hacía porque una presencia me espiaba. Lo sentía. Era el Kiko, obligándome a que, por fin, me levantara. Lo engañaba: lo veía por un hoyito entre las sábanas y luego me escondía en ellas. Enseguida respingaba, maullaba reclamándome mi pereza.
            Era travieso, se subía a las mesas, abría las bolsas de basura, agarraba las chanclas cual perro, todo lo mordía, molestaba a JC y a Luna, escalaba la herrería de una de las ventanas, se limaba las uñas en las patas de las sillas del comedor y se cruzaba en la puerta con la panza para arriba, esperando a que se la rascáramos. Mirábamos televisión y él también la veía. Si era el Discovery Channel, juro por mi madre que se emocionaba con los programas de leones. Se paraba en dos patas y miraba hipnotizado la pantalla. Cuando dormíamos, sentía su peso sobre mi pie derecho. A veces me estorbaba y movía la pierna para que se hiciera a un lado. El talegón ni se inmutaba.
            Estoy seguro de que los tres escuchaban todo, las alegrías y peleas de S. y yo. También estoy seguro que fueron testigos de la distancia que al paso de los meses creció entre nosotros. A veces me dolían sus palabras y me ponía a jugar con Kiko. Él me hacía sentir mejor. A veces mi indiferencia y frialdad le dolían a S. y el Kiko estaba a su lado, mientras leía o me esperaba de mis estúpidas rutinas autoimpuestas.
            Habíamos decidido que no tendríamos hijos, que los mininos ocuparían ese lugar. Así que al Kiko le fui cambiando de nombre. A veces le llamaba “gordito”, “bultito” o “chamaco baquetón”. A veces, S. llegaba harto de trabajar y se ponía a aventarle pelotas de papel. Kiko corría por ellas y regresaba. Yo lo cargaba, me acercaba a la ventana y veíamos la vida pasar. Varias noches me quedé trabajando frente a la computadora hasta la madrugada. El Kiko permaneció junto a mí en una silla, con la cara de que no le preocupaba nada en el mundo. Terminé, despertó y juntos nos fuimos a acostar junto a JC, Luna y S.
            Aquel día de octubre en que S. me dijo que llevaba varios meses sin amarme igual, íbamos a una fiesta. Él se fue; yo me quedé solo en aquel departamento y me preparé para llevarme algunas cosas. Lo más básico, yo regresaría a la semana siguiente por el resto de mis triques. Mi hermano pasó por mí, y antes de bajar me despedí de los gatos. A JC y a Luna les acaricié las patas y a Kiko la panza. Los tres estaban tranquilos sobre la cama. Me miraban mientras metía los restos de mi vida en las mismas maletas que años atrás me habían ayudado a llegar. La visita, la aventura había terminado. Era el regreso a lo de antes, a ese frío periodo que pensé nunca volvería a ver. Ninguno de ellos podía acompañarme. Mis padres son alérgicos y la casa no es apta para albergar mascotas. Se quedaban ahí, con S., con la persona que se había olvidado de mí.
            Los miré por última vez y no derramé ninguna lágrima. Mi mente se encontraba en una laguna seca.
            A la semana que regresé a realizar mi mudanza definitiva, tenía una pequeña ilusión. Los volvería a ver. Pero en cuanto abrí la puerta, descubrí la verdad: S. ya había partido. Con la vida de ambos y con los gatos. En ese departamento el sol atravesaba las ventanas ya desnudas y descansaba sobre los pisos vacíos. Y a pesar de su luz, nunca he sentido tanto frío. Era un campo de concentración perfectamente arreglado para mí.
            A los pocos días soñé que todo era una broma de mal gusto. Llegaba a casa, la mesa estaba puesta iluminada por velas, S. me esperaba con los brazos abiertos y Kiko, Luna y JC corrían alrededor. S. me pedía perdón. Cuando nos reconciliábamos en un fuerte abrazo, desperté. Yo dormía en el sofá de la casa de mis padres.
            Muchas veces regañé a Kiko por travieso, por molestar a sus hermanas, por nunca estarse quieto. Creo que un día le di una nalgada. Pero lo quería mucho, porque esperaba mi llegada, estaba alerta a mi despedida, me necesitaba y yo a él. Me brindó su amistad, quizás con un poco de interés. Le daba de comer y le rascaba la panza. Gato finalmente.
            Meses antes de que todo lo anterior pasara, un día lloraba sobre la cama, ya no recuerdo por qué. Lo he hecho tanto que los momentos se me difuminan. Kiko entró a la habitación con cuidado, se me quedó viendo y se montó en mi panza. Pesaba. Pero me miraba intensamente, como diciendo: “todo estará bien”. Se acostó y ahí permaneció por un rato. Lo acaricié y poco a poco se fue quedando dormido. Le platiqué mi asunto hasta que su ronroneo me hizo darme cuenta de que le aburría. Y tenía razón: aburro, canso con preocupaciones muchas veces inútiles.  
            Lo extraño por eso. En donde quiera que esté, sé que es un gato que escucha, que pide comida, que juega, que hace reír y que se la pasa mejor que todos nosotros. Sus días transcurren en tomar el sol, en comer, en molestar a la hermana y en darle el avión al dueño loco. Quisiera ser como él: un tigre miniatura elegante, gallardo, que se defiende, pero que vive en la levedad. Que seduce, también.
            Lord Byron tuvo un perro al que amó muchísimo. Cuando se murió, en el cementerio levantó un mausoleo en honor a su mascota y como buen poeta le escribió un epitafio: “Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos”. Kiko no es perro, pero es y será el rey de cualquier casa, estoy seguro. Y aunque no se ha muerto, cumple con todo lo que dice Byron, aunque dudaría un poco con lo primero. El Kiko se sabe bello y de ahí el cabrón se agarra para hacer lo que se le pega la gana. Meloso e irreverente.

            Así es el Kiko, así son muchos gatos. Así quiero ser yo, pero no puedo.

domingo, 9 de junio de 2013

DESTRUCCIÓN

Destruiste la cama de los dos.
Con las almohadas testigo
de todo lo que se entregó.

Destruíste el hogar de los dos.
Desgarrando la tela de la confianza,
aquella que nos envolvía y nos daba calor.

Desbarataste el rompecabezas de los dos.
Tus piezas, mis piezas
quedaron regadas en el piso
del solitario balcón.

Fuerte, rápido, al ras.
Me dijiste que no.
Me dijiste adiós.

Destruiste el fuego de los dos.
Mis lágrimas cayeron en la hoguera
en la que fundíamos el calor.

Desgarraste el lienzo del amor.
En el que tanto dibujé
un futuro para los dos.

Fuerte, rápido, recio.
Me dijiste adiós.
No pude decirte perdón.

Desarmaste la fuerza de este corazón.
Mataste, heriste, robaste y violaste
la voz desinteresada que cantaba tu canción. 

FATIGASTE

FATIGASTE


Me fatigaste el corazón.
No quiero el aire.
No siento el calor.

Me fatigaste la razón.
Nada más cuadra.
Ya no existe Dios.

Fatigaste el mundo.
La esfera de esperanza
es piedra de carbón.

Fatigaste mi pasión.
Me ahogo en el cansancio
De mi derrotado corazón.


jueves, 18 de abril de 2013

Había poesía


HABÍA POESÍA


Había poesía cuando te hacía el sándwich,
le untaba la mantequilla y le ponía jamón.
Te lo llevaba a la cama y me lo recibías.
Me mirabas y sonreías.
Los dos seguíamos ahí.

Había poesía cuando roncabas.
Te abrías, respirabas en confianza,
conmigo al lado,
me sabías de ti y te sabía de mí.
Hablabas en las noches.
Yo me despertaba y te miraba.

Había poesía cuando te esperaba para comer.
Ponía el mantel, los cubiertos y calentaba el pan.
Ese, el que te gustaba.
Ponía el mundo en la radio para darle quietud
a nuestra derramada felicidad.

Había poesía cuando llorabas.
Mirabas con infancia, sin armas, sin años.
Tus lágrimas caían en mis manos y me las untaba
en los dedos que te acariciaban en las madrugadas
eternas del invierno.

Había poesía cuando llegabas.
Tronaba la chapa de la puerta y los gatos corrían.
Yo dejaba de cortar la carne con el cuchillo y sonreía,
A pesar de tu cansancio, de tus humores,
de tus engaños.

Había poesía cuando me acostaba contigo.
Ponía mi cabeza sobre tu pecho
y escuchaba la batería de la fuente de tu vida
recorrer tu cuerpo y mi oído.
Latías y te escuchaba.
Vivías y estabas conmigo.

Había poesía cuando me dormía en tu pulso
y navegaba en tu cansancio.

Había poesía cuando te ibas,
porque regresabas.




sábado, 9 de marzo de 2013

Poema de Emily Brontë

Cuando deba Dormir.When I Shall Sleep, Emily Jane Brontë.

Oh, En la hora en la que deba dormir,
Lo haré sin identidad,
Y ya no me importará cómo cae la lluvia,
O si la nieve cubre mis pies.
El cielo no promete salvajes deseos,
Podrán cumplirse, acaso la mitad.
El infierno y sus amenazas,
Con sus inextinguibles brasas
Jamás someterá esta voluntad.

Por lo tanto digo, repitiendo lo mismo,
Todavía, y hasta que muera lo diré:
Tres Dioses dentro de este pequeño marco
Guerrean día y noche.
El Cielo no los mantendrá a todos, sin embargo
Ellos se aferran a mí;
Y míos serán hasta que el olvido
Cubra el resto de mi ser.

Oh, cuando el Tiempo busque mi pecho para soñar,
Todas las batallas concluirán!
Pues llegará el día en el que deba reposar,
Y este sufrimiento ya no me atormentará.

jueves, 31 de enero de 2013

Poema: "Algo se me ha quebrado esta mañana" de Rubén Bonifaz Nuño.

ALGO SE ME HA QUEBRADO ESTA MAÑANA...
Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013)

Algo se me ha quebrado esta mañana
de andar, de cara en cara, preguntando
... por el que vive dentro.

Y habla y se queja y se me tuerce
hasta la lengua del zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro
camino a la vejez; tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.

Yo no entiendo; yo quiero solamente,
y trabajo en mi oficio.
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.

Cómo, entonces,
pensar en platos venturosos,
en cucharas calmadas, en ratones
de lujosísimos departamentos,
si entonces recordamos que los platos
aúllan de nostalgia, boquiabiertos,
y despiertan secas las cucharas,
y desfallecen de hambre los ratones
en humildes cocinas.

Y conste que no hablo
en símbolos; hablo llanamente
de meras cosas del espíritu.

Qué insufribles, a veces, las virtudes
de la buena memoria; yo me acuerdo
hasta dormido, y aunque jure y grite
que no quiero acordarme.

De andar buscando llego.
Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
y pienso en esta vida que no es bella
ni mucho menos, como dicen
los que viven dichosos. Yo no entiendo.

Escribo amargo y fácil,
y en el día resollante y monótono
de no tener cabeza sobre el traje,
ni traje que no apriete,
ni mujer en que caerse muerto.

(De: Fuego de pobres, 1961)

martes, 15 de enero de 2013

Domingo o lunes


Incluído en el libro Corazón Suave, próximo a publicarse.


Domingo o lunes
 

El cielo muestra su matiz hielo a través de las nubes, el resplandor tenue y delicado del tímido sol se posa sobre las avenidas bañando todo con una luz blanca. Los pájaros descansan sobre los cables y observan el vacío provocado por el descanso, que bien o mal, tendría que llegar inevitable y preciso. Los otros también descansan. Algunos tirados en la cama, otros viendo televisión, las manos no trabajan y las mentes divagan a lugares poco comunes. Los países del continente europeo, la zona de Alaska, el sur de África. Y están los demás, los que no llegan a ningún lado: la casa grande para tener a los hijos y las mascotas, la maestría en finanzas, la cartera llena de dinero, sin deudas en las tarjetas, el amor del vecino, el amor de los hijos, el amor a uno mismo, el amor de él, el regaño de papá, el rencor. Las mentes siguen y siguen viajando. Llega la hora de la comida. Después el postre. Las voces dentro de las casas quedan tatuadas en todas las paredes de los hogares, tomando la ventaja al pensar que las palabras se las llevaba el viento. Pero era mentira. Tiempo después vendrían otras familias, vivirían ahí ignorando lo que ellas habían escuchado. La manecilla sigue la rutina. Llegan las seis, luego las siete. Angustia y precipitación. ¿No se puede vivir en el paraíso del descanso, de la inactividad? La vida está en las risas, en los ojos, en los bailes, en los paseos.
El sol sucumbe a las nubes y a la tremenda noche. La oscuridad se derrama sobre la luz gris de antes. El viento anticipa la cerrada de puertas y ventanas. El vacío crece en las calles. Murmullo por aquí, murmullo por los rincones. Perros que ladran en las azoteas. Más puertas que se cierran. Los pájaros que se encuentran sobre los cables, desesperanzados, se guardan en las oscuridades de los árboles. Destellos discretos empiezan a surgir en el manto negro que cubre el cielo. Otra luz, gigante, redonda y esférica, domina el panorama en la tela estelar. El silencio ahora transita por las calles con absoluta libertad, tanto así, que no encuentra quien lo note y lo rompa.
Sólo respiros y exhalaciones. El momento congelado en los faros de luz. Tal vez un amor por ahí, junto a un deseo adolescente (afuera la vida corre, la vida transita, la vida se escurre). Viene la batalla del frío. ¡Que todos tengan a alguien para soportarlo! Un abrazo, una cama acompañada. Y de pronto… no se piensa nada. Las mentes viajan y descansan, viajan y descansan.
Y la vida da un brinco. Atrás el descanso, la paz y fantasía, porque era lo único que podía existir en esa temporada. Las horas se precipitan, corren  y alguna que otra se tropieza. Hora de ver la luz entrar por la ventana, hora de bañar el cuerpo en la regadera, de golpear ¿la cabeza hueca? No, es la cabeza dormida, todavía. Las prisas corren por las calles y matan al silencio. Las obsesiones llenan el aire y lo contaminan: ¡La hora de llegada!, ¡la de salida! Los amores, las frustraciones, los vacíos, lo útil, lo inútil, la belleza, lo feo, lo asqueroso, lo inevitable, sí, lo inevitable. Pies torturan el suelo, siempre ignorado por los ojos histéricos que pasan por ahí. ¿Eternamente es tan vano el ir y venir? ¿Nada existe alrededor? No, la mayoría es esa energía estúpida que surge al nacimiento de la luz.
¿De nuevo lo mismo? Te preguntas.
Sin embargo, el sol ha de sucumbir porque es inevitable.

Olas

Texto incluído en el libro Corazón Suave, próximo a publicarse.




OLAS
 

Cuando Laura se fue, Jorge se encerró en su recamara, se tiró en la cama y comenzó a llorar desconsoladamente. Nada valía la pena, ni sus títulos universitarios, ni sus amigos, ni la casa tan cara que había podido comprar para los dos. Mucho menos la vida. Lloró y lloró por horas hasta que se dio cuenta de que las lágrimas que escurrían por sus mejillas eran incesantes. Sus ojos parecían fuentes y aunque él ya no quería llorar, pues habían pasado cinco horas desde la primera gota de tristeza, el río de sus ojos estaba fuera de  control. Torrentes de lágrimas se escurrieron de su cara al colchón y del colchón al piso. Después llegaron a la puerta de la habitación y cayeron por la escalera que llevaba al recibidor. Litros de lágrimas fueron inundando la casa de Jorge hasta que fue incontenible y él mismo, tratando de escapar, se ahogó en el océano de su llanto.
Horas después, Laura, arrepentida de la pelea con Jorge, regresó a casa. Abrió la puerta principal y las olas de lágrimas  arrasaron con ella.