martes, 15 de enero de 2013

Domingo o lunes


Incluído en el libro Corazón Suave, próximo a publicarse.


Domingo o lunes
 

El cielo muestra su matiz hielo a través de las nubes, el resplandor tenue y delicado del tímido sol se posa sobre las avenidas bañando todo con una luz blanca. Los pájaros descansan sobre los cables y observan el vacío provocado por el descanso, que bien o mal, tendría que llegar inevitable y preciso. Los otros también descansan. Algunos tirados en la cama, otros viendo televisión, las manos no trabajan y las mentes divagan a lugares poco comunes. Los países del continente europeo, la zona de Alaska, el sur de África. Y están los demás, los que no llegan a ningún lado: la casa grande para tener a los hijos y las mascotas, la maestría en finanzas, la cartera llena de dinero, sin deudas en las tarjetas, el amor del vecino, el amor de los hijos, el amor a uno mismo, el amor de él, el regaño de papá, el rencor. Las mentes siguen y siguen viajando. Llega la hora de la comida. Después el postre. Las voces dentro de las casas quedan tatuadas en todas las paredes de los hogares, tomando la ventaja al pensar que las palabras se las llevaba el viento. Pero era mentira. Tiempo después vendrían otras familias, vivirían ahí ignorando lo que ellas habían escuchado. La manecilla sigue la rutina. Llegan las seis, luego las siete. Angustia y precipitación. ¿No se puede vivir en el paraíso del descanso, de la inactividad? La vida está en las risas, en los ojos, en los bailes, en los paseos.
El sol sucumbe a las nubes y a la tremenda noche. La oscuridad se derrama sobre la luz gris de antes. El viento anticipa la cerrada de puertas y ventanas. El vacío crece en las calles. Murmullo por aquí, murmullo por los rincones. Perros que ladran en las azoteas. Más puertas que se cierran. Los pájaros que se encuentran sobre los cables, desesperanzados, se guardan en las oscuridades de los árboles. Destellos discretos empiezan a surgir en el manto negro que cubre el cielo. Otra luz, gigante, redonda y esférica, domina el panorama en la tela estelar. El silencio ahora transita por las calles con absoluta libertad, tanto así, que no encuentra quien lo note y lo rompa.
Sólo respiros y exhalaciones. El momento congelado en los faros de luz. Tal vez un amor por ahí, junto a un deseo adolescente (afuera la vida corre, la vida transita, la vida se escurre). Viene la batalla del frío. ¡Que todos tengan a alguien para soportarlo! Un abrazo, una cama acompañada. Y de pronto… no se piensa nada. Las mentes viajan y descansan, viajan y descansan.
Y la vida da un brinco. Atrás el descanso, la paz y fantasía, porque era lo único que podía existir en esa temporada. Las horas se precipitan, corren  y alguna que otra se tropieza. Hora de ver la luz entrar por la ventana, hora de bañar el cuerpo en la regadera, de golpear ¿la cabeza hueca? No, es la cabeza dormida, todavía. Las prisas corren por las calles y matan al silencio. Las obsesiones llenan el aire y lo contaminan: ¡La hora de llegada!, ¡la de salida! Los amores, las frustraciones, los vacíos, lo útil, lo inútil, la belleza, lo feo, lo asqueroso, lo inevitable, sí, lo inevitable. Pies torturan el suelo, siempre ignorado por los ojos histéricos que pasan por ahí. ¿Eternamente es tan vano el ir y venir? ¿Nada existe alrededor? No, la mayoría es esa energía estúpida que surge al nacimiento de la luz.
¿De nuevo lo mismo? Te preguntas.
Sin embargo, el sol ha de sucumbir porque es inevitable.

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